| NOTA: Ofrezco aquí uno de los capítilos de mi libro CALISTO, SOÑADOR y ALTANERO, al que remito al lector para las referencias bibliográficas (consultar el Curriculum vitae). |
Sueño, pájaro eterno, de todos los colores.
El comienzo del AUTO con una visión, con un sueño, no fue, como he explicado, una ocurrencia caprichosa de Rojas. Este vio en ese comienzo
una correspondencia con el sueño inicial de larga tradición literaria, religiosa y profana, antigua y contemporánea, y especialmente se correspondía de
cerca con el sueño inicial a la manera de la comedia humanística, en latín,
de gran popularidad en la época. Ese sueño inicial se correspondería con la
tradición literaria posterior de manera que, como ha demostrado ampliamente Ricardo Castells, terminó por convertirse en verdadera convención
literaria entre los escritores que escribieron a imitación de La Celestina.
El sueño del Antiguo Auctor. Primero fue el Antiguo Auctor. Hasta
qué punto habría llevado éste el sueño literario en su obra, de haberla
concluido, se escapa a cualquier tipo especulación. No me cabe duda, sin
embargo, que al igual que a Calisto se le reveló en sueño Melibea, al Antiguo Auctor se le reveló en sueño la trama de su drama inconcluso1 Es más,
el sueño de Calisto pudo ser muy bien el sueño, sueño diurno, que un día
tuvo el escritor; fue un sueño diurno o entre sueños (daydream), en
contraposición al sueño que nos embarga y paraliza por la noche.
El sueño diurno, el entre-sueños o el soñar despierto se diferencia
del sueño nocturno en que en éste los instintos se desbordan, se iluminan u
oscurecen, se mezclan y confunden desordenadamente. En aquél el proceso
de la fantasía está más controlado por el yo, quien puede abandonarlo o
reasumirlo, y su contenido no es simplemente una experiencia íntima,
personal y secreta, sino una experiencia narrada, trabajada, secundaria o,
mejor dicho en nuestro caso, estéticamente elaborada ya para comunicarla,
para hacer soñar a los demás. Para Freud los daydreams eran el meollo y el
patrón de los sueños nocturnos; éstos venían a ser fundamentalmente una
distorsión de aquéllos, al operar en ellos con más libertad las excitaciones
instintivas.
En su soñar despierto el autor dota de vida, de carne y hueso a sus
personajes, transforma en realidad experimentada por sus personajes sus
propios deseos, sus ilusiones eróticas, sus ambiciones de riqueza, de
heroísmo, de dominio o poder, de siervo o víctima, según el caso. Y en sus
personajes logran las fantasías del autor plena satisfacción o frustración. El
contenido de los sueños diurnos no difiere, sin embargo, del de los sueños
nocturnos, en cuanto que ambos son creaciones de la fantasía: ni en los unos
ni en los otros ese contenido responde a la realidad, o es identificable con el
contenido de la historia.
Si no sabemos hasta dónde le habría llevado al Antiguo Auctor aquel
sueño inicial, sabemos bien hasta dónde le llevó a Fernando de Rojas en su
continuación; de éste sí podemos hablar. Quedó el continuador desde el
primer momento hechizado ante el artificio del sueño inicial, ante el poder
y la eficacia de aquella aparición ligeramente esbozada, ligeramente sumergida en la penumbra y el misterio, al comienzo de aquellos papeles que un
buen día encontró. En su propia continuación elevaría Rojas el sueño literario a efectos hasta entonces no conseguidos en ninguna de las literaturas
romances. Rojas trató de volver a soñar al modo de su predecesor. El sueño
y el soñar despierto sería para Rojas no sólo la sustancia de que se hacían
las fábulas, sino el proceso mismo de la creación literaria, de su propia continuación. Rojas, como artista, es también un soñador, como lo seguirían
siendo sus personajes centrales.
En los acrósticos, cubierto de la toca de la humildad --hormiga que se
dexa ir--, vuelve a la socorrida metáfora del vuelo --jactóse con alas--2 aludiendo al estado de enajenación e inconsciencia del escritor en el proceso
de su creación --lleváronla en alto, no sabe dónde yr--; alude al goce de los
vastos horizontes a los inusitados senderos que a su imaginanción se le abrían --El ayre gozando ageno y estraño. Y al mismo tiempo se lamenta de las
recriminaciones de los poderosos críticos, moralistas, censuradores, detractores --rapina es ya hecha de aues que buela / Fuertes más que ella--, que con
su lógica --arguyen-- destruían, como poderosos aguiluchos --por ceuo la
llieuan--, las etéreas y tenues fantasías del soñador --a mí mismo mis alas
destruyen / Nublosas e flacas:
JUAN RAMON JIMENEZ
assaz vezes retraydo en mi cámara, acostado sobre mi propia mano, echando mis
sentidos por ventores e mi juyzio a bolar (I, 4)
Como hormiga que dexa de yr,
Holgando por tierra, con la prouisión:
Jactóse con alas de su perdición:
Lleváronla en alto, no sabe dónde yr.
El ayre gozando ageno y estraño,
Rapina es ya hecha de aues que buelan
Fuertes más que ella, por ceuo la llieuan:
En las nueuas alas estaua su daño
Razón es que aplique a mi pluma este engaño,
No despreciando a los que me arguyen
Assí, que a mí mismo mis alas destruyen,
Nublosas e flacas, nascidas de ogaño (I, 9-10).
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Sueño, pájaro eterno, de todos los colores; que, atado al corazón, igual que un jerifalte al puño, ensayas vuelos por las celestes flores, cuando, en la noche, Dios ahonda su azul esmalte (257). |
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Acierto grande el de nuestros escritores. Según G. Devereux, "pruebas electro-encefalográficas han demostrado que los animales carnívoros --de caza-- sueñan más y más a menudo que los herbívoros" (Dreams, XXIII y 134). En la Edad Media debió existir una tradición sobre el soñador que se siente arrebatado por un águila o ave voladora; es curioso, por ejemplo, que en la Visio Wittini de Strabo se asocie el vuelo a Dédalo, mencionado también en los ACROSTICOS de Rojas (sobre esa tradición ver S. Kruger 126-27 y 213 n30). (3) He encontrado interesantes y útiles los capítulos 1 y 2 de R. Mollinger en los que se ofrece un repaso de la crítica literaria psicoanalítica (1-59). (4) Sobre el recurso de la ambivalencia y los diversos niveles del significado, referimos al lector a Robert N. Mollinger, 119 sts. (5) Ver en la bibliografía, por ejemplo, los trabajos de Castro Guisasola, Cándido Ayllón y Alan D. Deyermond. (6) Se referiría Ficino a los teólogos de su tiempo, de una iglesia defensora a ultranza de la via tritta, y no a los primeros teólogos, aquellos visionarios y amorosos soñadores como el autor del Apocalipsis, San Juan Evangelista (ver J. I. Cope, 22). Creo que C. Morón-Arroyo toma demasiado en serio el comienzo del AUTO: "la tesis de Rojas no es sino la idea común de la teología católica medieval, renacentista y moderna, sobre la relación entre el criador y su criatura" (41). El diálogo inicial, del Antiguo Auctor, es un diálogo que carece de sentido lógico y racional o teológico. ¡Es un sueño!. referimos al lector a Robert N. Mollinger, 119 sts. |