Sueño, luego existo. Calisto, según confesión propia, veía a Melibea en sueños muchas noches hasta el punto de poder tocarla:
le confesaría a Celestina. Para Fernando de Rojas aquella primera escena no había sido sino un ejemplo de los repetidos y obsesivos sueños del joven amante. En su bello ensayo sobre el héroe trágico dice María Zambrano:
El ver de Calisto era un suceder. Su sueño o entresueño había sido de alta calidad visual y contemplativa. Más que ningún otro sentido, más que ningún otro orificio, se cierra al exterior el de nuestra vista, el de nuestros ojos cuando dormimos; más que ningún otro sentido, es la vista, cuando soñamos, la más activa en recrear los estímulos de nuestro interior; de ahí lo acertado de nuestra expresión "ver visiones."1 Tras aquella visión inicial Calisto sería incapaz de distinguir con claridad dónde terminaba su fantasía, su ilusión, su sueño, y dónde daba comienzo la realidad.2 Tal soñador era Calisto que su visión le merecería tanto crédito en la primera escena, como su encuentro en el primer trance. A Calisto ni se le ocurrió relatar a su criado qué o con quién había soñado, pues equivaldría a relatarle lo que aquél había presenciado, días antes, en la huerta. Tan bien plasmado quedó ya en la primera escena este fenómeno de la fusión sueño-realidad, que no sólo Calisto, sino incluso los más avisados lectores, desde aquel primer redactor de los SUMARIOS añadidos hasta los críticos de nuestros días, han venido hablando de aquella visión como si se hubiera tratado de una entrevista real. Fenómeno comprensible porque, como reconocía Descartes, no existen señales ciertas por las que podamos distinguir el estado de vigilia del del sueño; éstos pueden ser a veces tan vívidos, que no es difícil confundirlos con sucesos reales;
decía el metódico filósofo, " (citado en W. Wolff, 27). Sueño, luego existo, podía habernos asegurado Calisto. Sólo en el sueño o entre sueños pudo él haber visto aquella hermosa grandeza o gran hermosura, de glorificada corporeidad, llena de santos y puros espíritus, tan inefable, tan cercana al tipo de éxtasis de que hablaba Plotino:
Esa visión, que transcendía toda realidad, sólo podía realizarse en la oscuridad. Cuyo seso es sexo. La mujer de la descripción que en vigilia haría Calisto a Sempronio, fue la mujer física objeto de su percepción, mujer de carne y hueso, sus cabellos como madexas de oro delgado, ojos verdes, rasgados, los labrios colorados y grosezuelos, pequeñas tetas, redonditas y bien formadas; pues bien, la mujer del diálogo inicial era una proyección, una imagen (imago), que define Jung como
Esa imagen de la hermosura de Dios, que Calisto proyectaba en su sueño, recibió un nombre, nombre lleno de melodía y dulzura: MELIBEA. Calisto divinizó a Melibea en sueños; en ellos oía él, como nosotros, la voz del misterio,3 del mito cultural; confiaba el amante que fuera su amada como una de aquellas bellas y legendarias diosas, de las que él había leído --o soñado, que es lo mismo--, que no habían tenido reparo alguno en casarse, en unirse carnalmente con mortales.4 El lenguaje ordinario de poco le servía a Calisto para expresar su inmensa felicidad, la inefable belleza de su amada. ¿Blasfemaba Calisto en la primera escena? Mediante la fantasía simbólica de una visión beatífica trató Calisto de "captar la dimensión perdida" del sentido y el valor de una experiencia anteriormente sentida. (W. Wolff, 171). Calisto logró en su sueño lo que nunca podría conseguir en su lenguaje de vigilia, aquello que los psicólogos llaman la "participación mística" que en el quehacer diario se nos hace inaccesible. El oyó en su sueño el inveterado lenguaje de los símbolos, el lenguaje religioso que los hombres habían creado para expresar lo inefable y que pasó de generación en generación como tesoro colectivo. Dice Jung:
Se complace el hombre en expresar su amor inalcanzable con símbolos de un amor que por definición no es experimentable en la tierra.5 Se complace el hombre en sublimar en lenguaje de "condensación," de infinitud polisemántica, el campo lingüístico de lo sexual. La crítica psicoanalista se ha esforzado por enseñarnos a desentrañar los contenidos sexuales de esa condensación literaria, de sus eufemismos, de sus imágenes, y de esos vocablos que, bajo una sublime cobertura de símbolos poéticos y de significados intelectuales, suelen ir cargados de ansiedad, de apetencias carnales, de lujuria.6 El sueño de poco vale sin su interpretación. Dada su rica capacidad de inspiración y evocación, decir que sólo una manera de interpretar sea la válida, equivale a desflorarlo. Cabrán, hay que admitir pues, muchas interpretaciones.7 Como vamos a ver, sin salirnos del propio sueño, oiríamos a a Calisto que sacaba una conclusión:
mientras, Melibea, intentando penetrar en la intención, el intento,8 de las palabras de Calisto, corregía a soñante:
El lenguaje de Calisto es vaporoso; la primera reacción de Melibea, como va a ser la mía a lo largo de este análisis --con pretensiones a veces de psico-análisis-- es preguntar por la intención, por el significado más correcto, por una más correcta interpretacción. Entre los personajes del drama, Celestina, la del Antiguo Auctor, alardearía, a su manera, de su poder de interpretar --psicoanalizar-- el sentido latente del lenguaje y el comportamiento de Calisto: Al le sueño; Díxele el sueño y la soltura. Databa de muy atrás en la literatura castellana el oficio de la interpretación de los sueños de los señores. En el viejo "Romance de Doña Alda," aparecía la camarera experta en "soltar" el sueño de su señora
un sueño protagonizado por aves de rapiña, un azor y un águila, de la familia de aquel perdido neblí que ocasionó el primer trance de amores entre Calisto y Melibea. Leamos otra vez el comienzo:
La condensación del sueño. La virtud está ya en el nombre propio. En su interpretación etimológica, siguiendo el sentir del San Isidoro, radica la fuerza de la palabra: MELIBEA (L. mel = miel; beare = hacer feliz), la miel de la felicidad, felicidad en el dante y el recibiente.9 En las fantasías de los poetas, escritores, soñadores de muchas épocas y de muchas culturas, la miel es una de las metáforas favoritas del semen. En la densa miel se logró un alto grado de "condensación".10 De los hechizos de la miel, antes del simbólico García Lorca, a quien tanto le gustaba, nos han dejado constancia autores de pluma descocada, dichos del folclore popular, multicultural, y autorizados médicos de la antigüedad clásica:
suspiraba Lozana (La lozana andaluza, Mamo. XIV, 62). Y ¿qué otra miel es esa que destila la luna de los recién casados? La miel, mezclada con leche, era recomendada como afrodisíaco por el gran Hipócrates (Cela, II, 633). Parecerán términos del escolasticismo, esos de natura, perfecta hermosura, inmérito, misto, etc. Veamos. En el nombre Melibea parece haberse condensado el fenómeno de la sensualidad, la sexualidad y la procreación. No existiría esa condensación si el nombre estuviera aislado, si no estuviera relacionado con el tema y con otros muchos vocablos que contribuyen a enriquecer su ambigüedad, su significado latente de sexualidad; el significado del nombre, como el de los símbolos, no es absoluto sino que --como en nuestro texto-- viene determinado por el agregado de otros términos y otros símbolos afines que forman una secuencia en el contexto. La primera ilusión que se forja en el sueño de Calisto arranca de la preocupación que más acucia al ser humano, la del origen de la vida. Pocos intereses aparecen más temprano o son más duraderos en el hombre que el de ver por dónde nació; los órganos de la vida le atraen y fascinan por un lado, y por otro, a causa de la fuerte represión cultural, le aterran a la mirada. Al estar prohibida la contemplación y el nombramiento directo de los genitales, al resultar éstos tan aterradores, se sustituyen en el sueño por místicos y espirituales objetos; los órganos reales quedan, así, desplazados por los que sólo son entes del pensamiento. Podríamos decir de este Calisto soñador lo que K. Abraham decía de uno de sus pacientes: "El deseo de ver sus pensamientos era particularmente pronunciado en él ... junto con el deseo de ver cosas espirituales."11 Los pensamientos de Calisto adquirieron formas espectrales con las que representar la razón de ser de Melibea, la creación, el nacer, el acto y órganos procreadores del hombre y de la mujer, esa mujer que era toda "miel." Desde el principio se nos revela la impresionabilidad infantil de todo soñador. El soñador Calisto se deja impresionar por la visión de la grandeza de Dios, del padre, ser verdaderamente gigantesco que, con diversidad de nombres, venía representado en las esculturas mitológicas desplegando, sin inhibición alguna, sus atributos sexuales, grandes, abrumadores. Ahora bien, en la tradición bíblica ese Dios era tan aterrador que escapaba a toda posibilidad de representación física. Algunos grandes del psicoanálisis han lanzado la teoría de que la falta de imágenes de Dios entre los hebreos respondía al terror ante el inmenso falo de Yavé; no es pues que les estuviera prohibida la representación, es que resultaba sencillamente imposible al picel o cincel captar en cuadro o piedra los tributos de ese Dios que para Isaías llegaba del cielo a la tierra: "el firmamento era su trono y la tierra el escabel de sus pies."12 El lenguage onírico. Más arriba hablé de cómo Calisto era el centro del sueño, centro conceptual y centro gramatical; y es que para Calisto, que se infantiliza en el sueño, no existe otra realidad que la que él experimenta, como no existe para el bebé otra realidad que la de la madre, esa madre que tan íntimamente le ha acogido y estrechado en el útero, la misma que más que nadie o nada se le acerca tras haber nacido, la que se empeña en darle a entender con exclusiva atención que solamente existe para él, para calmar y colmar sus necesidades. La hermosura es el atributo femenino, que combina la belleza y la forma, una dotación de natura; a lo largo del drama oiremos al amante hablarnos, admirado, de cuán grande y cuán hermosa era su amada. La conexión de grandeza/hermosura era un motivo frecuente en la poesía griega (Devereux, Dreams 9). En las fantasías oníricas la ecuación grande-hermoso son ecos de las imágines que para siempre se gravaron en el niño apetente de la madre --natura--, temeroso del padre --grandeza de Dios. Para el infante el padre es el ser grande que le protege en su debilidad, la madre el ser bello que satisface sus necesidades; nada satisface mejor esas necesidades que el pecho materno. Son muchos los críticos que han notado la falta de acotación en la primera escena, la falta de un entorno espacial; el lugar del diálogo está vacío de cosas. Si por un lado ese espacio vacío no se parecía a los espacios físicos, por otro se correspondía con lo que el psicoanalista B. D. Lewin llamó "pantalla blanca" (Lapalanche 268), el telón de fondo, en blanco, sobre el que se proyecta el sueño de Calisto; esa pantalla simboliza, según el psicoanalista, el pecho materno, cuya imagen, blanca, desnuda, cercana y amable, queda grabada para siempre en el bebé. Para el soñador Calisto su visión transcendía cualquier dimensión y colmaba sus deseos de felicidad; carecía el espacio del soñador de contorno externo, como carece el del bebé que goza del pecho materno; el ardiente deseo de Calisto, su concentración, era la unión erótica, unión genital, grande y hermosa, con Melibea. Anhelaba que esa unión se lograra en el sueño, en el que, como otros legendarios antepasados,13 muchas otras noches soñó él que alcanzaba --en su terminología eufemística-- a la amada. Más arriba aludí al lenguaje desconcertante de este diálogo inicial, tan corto, y que contiene un considerable número de vocablos y expresiones que no vuelven a repetirse en toda La Celestina, entre ellos: grandeza de Dios, dar poder a natura, perfeta hermosura, secreto dolor, encomparablemente es mayor, cuerpo glorificado, visión diuina, puramente, misto, recelo del esquiuo tormento, silla sobre sus sanctos, indignamente ... haueys oído, bienauenturadas orejas ... desauenturadas, paga fiera, intento, ser de ingenio de, subido en coraçón humano, ylícito amor, aduersa fortuna, pone su estudio; podríamos añadir por su dificultad coueniente lugar, voluntad humana, coraçón humano, odio cruel. Como la pantalla blanca, como las imágenes, también el lenguaje es único, espectral, muy de acuerdo con la pantalla, las imágenes y el lenguaje de un somniloquio. Bastante se ha repetido lo mucho que contrasta la vaguedad de esta escena primera con el realismo que impera en el resto de la obra; en la escena, como en el sueño, se refleja la energía pulsional, el afecto (Laplanche 10) del enamorado Calisto, es decir, su estado afectivo, entre penoso y agradable, presentado como tonalidad general. Lo examinaremos en detalles seguidamente. Su desconcierto es efecto de la distorsión de las imágenes bajo la fuerza de la represión sexual, que como consecuencia ha distorsionado el orden gramatical hasta darnos un lenguaje esotérico, con vocablos en los que se hacinan significados etimológicos y ronroneos del subconsciente, de un subconsciente a la vez individual y colectivo. Abriga nuestra subconsciencia infinidad de términos de raíces muy profundas, en las que se mantiene el rescoldo de una sexualidad tan indescifrable como inextinguible. El uso, la acepción y explicación de tres grandes autoridades muy apartadas en tiempo y muy dispares en su talante cultural y religioso, un pagano, Cicerón, un apologeta cristiano, Tertuliano, y un judío contemporáneo, Freud, puede iluminarnos en nuestra senda mántica, en nuestra curiosidad por desentrañar el trasfondo de esas voces oníricas y el polisemanticismo de sus signos de expresión. Natura es el pudendum muliebre para Cicerón y Tertuliano, el "sexo del hombre y la mujer" para los médicos de la época de Fernado de Rojas;14 Hermosura en boca de los hombres es, para Freud, la capacidad de excitar sexualmente.15 Unida la calidad grandeza/hermosura, al comienzo, a la de torpe, al final, podremos reconstruir un cuadro de evocación de una madre, una mujer apetecida y separada, próxima e inaccesible, cariñosa pero al mismo tiempo imponente. Si es verdad que el psicoanálisis trata de reducir todo a un conflicto (Mollinger 9), este sueño de Calisto se presta como pocos otros a ser psicoanalizado. De la proximidad y la separación de la madre, de la apetencia por alcanzarla y la impotencia para incorporarla del todo, se deriva el sentido de inmérito. Omnipotencia / impotencia. Inmérito era el que no creía merecer a Melibea; es un eufemismo --"a lo bobo" según opinión del vulgo-- por "hoder, cabalgar, gozar, a una mujer".16 Algunos psicoanalistas han explorado lo que ellos llaman el sentimiento de omnipotencia (Fenichel 40 sts.), en el que tratamos de nutrir nuestro narcisimo y propia estima. La estima de sí mismo es tan apetecida, tan pronunciada en Calisto que se produce en él el desgarrón y desfallecimiento internos. Para vigorizar su yo, hubo de salir el personaje en busca de soportes externos, como fueron en los comienzos las el seruicio, sacrificio, deuoción e obras pías, y sería más adelante la ayuda de los criados y Celestina17 y, sobre todo, la ayuda, el asentimiento de Melibea. Hasta asegurarse esa ayuda y lograr el asentimiento de su amada, Calisto se sentiría impotente, inmérito, y de ahí que implorara más adelante, tras el despido, piedad e inspiración celestial para lo que en boca de Melibea era un coraçón humano, en sus propias palabras, un plebérico coraçón, un corazón mezquino, plebeyo (Garci-Gómez). Su íntimo complejo de impotencia le llevó a engrandecer y divinizar a su amada, para que su amor hacia ella le hiciera partícipe de misma grandeza y divinidad; pero con ello se agravaba el conflicto psicológico ante la irreconciliabilidad de la adoración con la lujuria, la divina visión con el alcançar sexual, irreconciliable conflicto que crea --y se crea-- el propio soñante. La primera escena del AUTO es verdaderamente el embrión del drama que en torno a él creó Rojas.18 Calisto se comía a Melibea con los ojos.19 El soñador creía haber alcanzado --visto y tocado-- a su amada. Para comprender el sentido sexual de la palabra alcançar no hay que salir de La Celestina, pues más adelante nos lo explicaría Pármeno:
En el conflicto amoroso, en nuestra lírica tradicional, incluso en la divinizada, se popularizó alcanzar como terminología de los trances de amor.20 Calisto tocó a Melibea muchas noches, le diría él a Celestina más adelante en un lenguaje más directo. El Jesús resucitado, que invitaría al incrédulo Tomás a meter la mano en su costado (Juan 20:27), a la mujer más apasionada de los Evagelios, María Magdalena, le había advertido que no le tocara, Noli me tangere (Juan 20:17). Y es que tocamiento es, por antonomasia, el sexual (C. J. Cela II, 847-48). Lo que Calisto pudo ver y alcanzar en su sueño fue el tan conueniente lugar. ¿Lugar espacial o anatómico? Quizás, sin querer, tendamos a limitado más de la cuenta los comentaristas las acepciones de este lugar alcançar, al juzgarlo como una referencia al espacio. Es el lugar conueniente (L. cum + venire) donde convergen la madre y el bebé, amado y amada, en sentido latente es el lugar de ayuntamiento, donde Calisto puede manifestarle su secreto dolor, donde ambos amantes experimentan el orgasmo,21 expresiones todas ellas del mismo signo sexual que el que yace bajo el tul de Melibea, natura, inmérito, alcançar y otros que les siguen. Para Calisto incomparablemente mayor galardón que el seruicio, sacrificio, deuoción y obras pías que tenía a Dios ofrecido, fue poder alcanzar aquel lugar donde o a través del cual, pudo manifestar a Melibea su secreto dolor, la secreta, vedada pasión, la secreta parte vedada. No era ese dolor otro que el de vna sola muela, que jamás cessa de quexar (IV, 186), como nos aclararía Celestina, es decir, el tormento del sexo (muela = falo, se explorará con más detención más adelante). En el fondo de toda manifestación, en su etimología, como en la de toda mas-turbación, se encuentra la mano, con la que Calisto alcanza, toca, causa y se causa el dolor. Es secreto lo que en secreto se hace y se siente; secreto era el dolor, y secreto el lugar; secreto o cubierto para los demás, manifiesto o desnudo para los amantes que se tocan. Dolor es la pasión, de padecer. ¿Recibía Calisto placer en su dolor? El que antes se confesó inmérito llevaba en su personalidad y carácter una considerable dosis de masoquismo.22 Lenguaje esotérico. El lenguaje del somniloquio se va haciendo más nebuloso y esotérico, propio del que está a la puerta del éxtasis.
El sueño consiste en una supensión de los sentidos bajo el imperio del inconsciente; si el inconsciente se siente libre de represiones, no debemos esperar que su lenguaje se someta a las estructuras gramaticales. El Antiguo Auctor da muestras de un portentoso genio literario, muy adelantado para su época, en el que a propósito desconcierta al lector con un habla llena de atolladeros sintácticos. Entendámosolo bien, no es que esos atolladeros fueran una cuestión de estilo personal, no, pues no se repiten fuera del somniloquio; los atolladeros sintácticos eran deformaciones (Laplanche, 93) propias del sueño. Si hasta ahora la ambigüedad atañía a los significados de los términos individuales, en esta frase la ambigüedad se extiende a la sintaxis. Algunos editores antiguos cortaron por lo sano y suprimieron la frase por completo;23 en las ediciones modernas se dan variaciones en la puntuación. Esta frase de Calisto es complicada, aunque sin llegar a ser tan ininteligible como el lenguaje que sigue de Melibea.24 Quizá nos preocupemos demasiado los críticos por la lógica, y ahí que nos desconcetemos al chocar con la sinrazón sintática, con la ilógica del sueño. Por mi parte sugiero dos análisis sintácticos y tres posibilidades de interpretación. Puede tomarse otro poder como sujeto, con referencia al poder divino que siente experimentar Calisto:
En esta interpretación se enriquece la alternancia constante entre la omnipotencia del objeto (grandeza, perfecta hermosura, aquí poder) y la impotencia del sujeto (...inmérito, misto, torpe, aquí humana voluntad). Podríamos, por otra parte, considerar mi voluntad humana sujeto de una oración con la que cierra Calisto el período sobre el galardón:
Es decir, el Calisto, mentecato amante al estilo cortesano, se creería impotente para llevar a cabo (conplir) otra misión que no fuera orar; sería más tarde cuando, por la intervención de Sempronio y Celestina --la voluntad de otros--, recurriría a otros medios. Finalmente, a los que creemos en el sueño de Calisto se nos abre otra interesante interpretación, donde poder es también el complemento:
Calisto se confesaba satisfecho con poder al menos soñar con su amada, y de poder tocarla, como llevaba haciendo noche tras noche. ¿Qué otras reverberaciones de subconsciencia pueden percibirse en la voluntad humana del soñador? Calisto vela a propósito sus vocablos y sus imágenes; en voluntad humana se condensa el deseo y el deleite; en el amasijo del sueño se dan la mano voluntad --facultad del alma-- y voluptuosidad --facultad del sexo-- (L. voluntas y voluptas). La ambigüedad de la frase es incuestionable; merece nuestra admiración, y el mayor respeto por parte de los editores. Que se siga incluyendo en el texto, y que otros aporten sus pensamientos e interpretaciones de acuerdo con su propia voluntas y voluptas. Todo el diálogo de los amantes carece de referencias a objetos físicos, ya lo he dicho. Del fondo en blanco parecen desprenderse únicamente las voces de los dos interlocutores. A continuación menciona Calisto su cuerpo, pero es cuerpo glorificado, cuerpo desnudo, como el de los gloriosos santos. Cuando Jesucristo resucitó, dejó detrás, en el sepulcro, los lienzos de la mortaja (Lucas 24, 12). En la gloria, en el mundo del sueño, no se precisa el vestido. Y Calisto, en tal estado, gozaba del acatamiento de Melibea, en el acatamiento tuyo. ¿Quién acataba a quién? Acatar proviene de un captare, que es, en su significado primario, tratar de coger, cautivar, frecuentativo de capere, coger, someter o someterse. Antes encontramos conueniente y alcanzar, ahora acatamiento o coger. El acatamiento era, naturalmente, mutuo. Más adelante volveremos a ver repetido este concepto de reciprocidad. Calisto, ni aun en el gozo del mayor galardón, puede deshacerse del miedo a la impotencia, miedo a no poder satisfacer a la amada; se siente glorificado pero no sin temor de caer de tal bienauenturança, el fracaso de una buena aventura --como conveniente, compuesto de venire. La caída es la flaccidez. Se alegra sí, pero no puede deshacerse del todo de su temor, el temor del recelo que pueda causarle la ausencia de Melibea. En recelo --re-celo, L. celare, velar-- se dan cita los conceptos de temor y temeridad, celada y desasosiego, aprensión y libídine genital. La frase del esquiuo tormento es un genitivo de definición: el recelo es eso, esquivo tormento. Ahora habla de tormento, antes habló de dolor, en ambos casos es una metonimia (Lausberg, II, 73-74), en relación causa-consecuencia, por el miembro genital, el miembro esquivo por antonomasia. Joan Corominas nos explica que esquivo procede de una raíz germánica (scheu), emparentada con la anglosajona del moderno shy, que aglutina en sí los conceptos de "tímido, asustadizo y desbocado" (252-53). Mucho sabía el Antiguo Auctor de la condensación del lenguaje en el trabajo del sueño.25 La alternancia impotencia-omnipotencia, timidez-desbocamiento, logran su expresión verbal en los contrapuestos galardón / inmérito; hermosura / torpe; visión diuina / ylícito amor; ellos puramente se glorifican / yo misto me alegro; sin temor a caer / tu absencia. Calisto muestra los síntomas de un neurótico obsesivo, necesitado de incertidumbres. Sus imágenes son imágenes pertenecientes a un mundo misterioso, incierto, fantasmagórico, expresadas en un lenguaje conveniente.26 La esquividad, en su polifonía de acepciones, es la propiedad íntima y esencial de toda poesía y de todo sueño. En el sueño de Calisto se ha realizado la "identidad o participación mística," sí, pero una también insegura. Los impulsos y anhelos de Calisto entretejen en el sueño una elaborada red de imágenes de alto contenido sexual. Calisto llama a su placer placer de ver, por consistir en la visión el deleite de los bienaventurados de haber incorporado a Dios; si la visión de los santos era sobrenatural, divina, pura, omnipotente, la de Calisto, nos irá aclarando el texto, era la del hombre misto, confuso --mixed-up, que se diría en inglés--. También es misto un término muy ambiguo, con el que el soñante expresa la tortura que le ocasiona su planteamiento, en el que mezcla cielo y tierra, alma y cuerpo, los gloriosos santos con los pecadores, en una escandalosa promiscuidad. En términos del amor cortés, según los dictados de Andrés Capellanus, Calisto parecía deslizarse por vías del "amor puro" --puramente se glorifican-- hacia el "amor mixto." Del amor puro de los cuerpos desnudos que se besan y abrazan sin llegar al placer último, al amor mixto de los que quieren consumar su venérea pasión, amor de cortísima duración.27
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