La intención del sueño. La soñada Melibea, también ella un tanto
confusa --mixta--, se nos mostraría muy pronto preocupada por descifrar el
intento de las palabras de Calisto; de su ver la grandeza de Dios. Sempronio
más adelante comprendería muy bien cuál fuera la intención y la ansiedad
de su señor, al prometerle el deleite del "amor mixto," trayéndole a Melibea
hasta la cama, donde la podría alcanzar y ver con otros ojos (I, 57). Su ver es
la operación del ojo --por etimología oc-culus--, con las asociaciones inevitables en nuestro idioma, en el coloquio y el folclore, de ojo de culo u ojete.
Son múltiples, como vamos a ver, las asociaciones que se dan cita en el
amasijo del lenguaje del sueño, en el que funcionan como metonimias,
desplazamientos, eufemismos de la copulación.28 Toda esta confusión, toda
esta algarabía perturbaba a Melibea, quien no pudo menos de preguntar:
¿A qué se refiere esto? Calisto terminó su intervención en un tono un tanto melancólico: ¡o triste!, misto, tormento. El discurso de Calisto era tan ambiguo, tan lleno de fluctuaciones, de altibajos, que Melibea no puede menos que preguntar, entre admirada y socarrona, si eso era tan gran premio. Para Calisto estaba bien claro: su gloria parecía nutrirse de un secreto dolor; tenía él en más alta estima el esquivo tormento que la silla sobre sus sanctos:
En el cielo la silla es el lugar de reposo y bienaventuranza --Cristo está sentado a la diestra del Padre--, como lo es la cama en la tierra. En la cama del sueño, el secreto y conveniente lugar en que alcanzar a Melibea, se sentía Calisto omnipotente --otra vez la alternancia--, se identificaba en el sueño con Cristo, el que preside sobre los santos. Ahora bien, silla sobre sus santos hace pensar en una colocada en alto, sobre otra cosa, como un trono o una silla de montar. Si en el acatamiento y el caer se insinuaba la idea de someterse y estar debajo, en silla sobre se insinúa la de estar arriba --de nuevo la alternacia de altibajos. Más adelante nos daría a entender Rojas, por la interpretación de Celestina, que esa silla sobre sus sanctos, en el sueño, se correspondía en la vigilia con la silla en el enués del lomo de Melibea:
¿Habría entendido el intento la soñada Melibea?. Interviene ésta:
¿Cómo hemos de leer: ¿avn más, ygual galardón ... ? o ¿avn más ygual galardón ... ?. ¿Galardón igual a, o más igual que cuál? ¿Te daré yo comparado al que te dio o pueda darte o te ha dado quién? Pero especialmente convendrá preguntarse: ¿perseveras en qué? Escurridizo el lenguaje del sueño. La condicional si perseveras repite el motivo de las íntimas dudas --y los deseos-- sobre la potencia de Calisto, sobre su perseverancia en el amor.30 Calisto sigue fluctuando entre la bienaventuranza y la indignidad, entre el galardón y sus méritos. Exclama Calisto:
¿A qué gran palabra se refiere? Concedamos que a ygual galardón. Un galardón que --se repite de mil maneras-- no trae bienaventuranza sin malaventuranza, no trae gozo sin dolor, gloria sin tormento, premio sin paga fiera. El galardón a que se refiere es el que Calisto más estima: el del esquivo tormento. Las últimas palabras de Melibea se ofrecían a ser interpretadas de esta manera: ygual significa equitativo, el que te corresponde y mereces, es decir, igual o más igual que el que tú me des. Amor con amor se paga, tanto monta, monta tanto; el goce de Calisto estaría en proporción al que de él recibiera Melibea. Como hace observar C. J. Cela
otra vez el motivo de arriba y abajo.31 Del ver se ha pasado al oír, de la operación --imagen erótica-- del ojo a la de la oreja penetrada por la palabra --que indignamente tan gran palabra haueis oydo. La oreja es el receptáculo de la palabra y la palabra tiene un gran poder de captar, de incorporar, es decir, de empreñar. La palabra del arcángel Gabriel penetró por la oreja de la Virgen María y ésta concibió, bienaventuradamente --benedicta tu in mulieribus--, al Mesías.32 Entre los autores españoles Tirso de Molina tiene una vaga alusión, entre seria y festiva al poder empreñador de la palabra. Margarita, conocedora del poder del viento de empreñar a las yeguas y temiendo que fuera más eficaz el poder de las palabras, máxime las españolas, pregunta a Luis:
A lo que le responde él:
Y otra María, la de Yerma de García Lorca, nos conmueve y nos deslumbra con sus reminiscencias de subconsciente atávico:
Al parecer Melibea conocía bien el intento de las palabras del atrevido Calisto:
¿A qué se ha atrevido Calisto? A la simple lectura, Calisto se ha portado con bastante comedimiento; incluso toda la imaginería es tan espiritual y teológica que el soñador tendría la seguridad de alcanzar y cautivar --acatamiento-- a su amada, ya por él divinizada. Pero la soñada Melibea había leído más allá de las palabras --contenido manifiesto--, había interpretado la intención, el intento --contenido latente--, que yacía bajo lo que Freud denominaba el "enmascaramiento" del sueño. No es difícil detectar en el transcurso del diálogo un sutíl progreso hacia la penetración: veo, acción germinal, conueniente, mutuo encuentro, alcançar, hacer contacto, acatamiento, someter, orejas, acción receptiva, intento, calar, y más abajo, ingenio, relacionado con engendrar. En el sueño se le revela a todo soñador su subconsciencia y, como vamos a ver, a Calisto incluso se le rebeló. Falló la imaginería de Calisto, no porque no pudiera engañar a Melibea, sino porque no pudo el soñante engañarse a sí mismo. Glosolalia. En este sueño, a manera que progresa, se enrevesa el lenguaje que, si hasta aquí no ha pasado de ser ambiguo, polisémico, a partir de este punto, se vuelve cabalístico,34 con enunciaciones que emanan como de una experienca altamente religiosa, el balbuceo del éxtasis o del clímax. Dado que la sintaxis es tan enrevesada, los editores difieren entre sí en la puntuación, cada uno tratando de dar sentido lógico a la frase. En vano; el lenguaje es poético, infinitamente ambiguo, onírico, "incomprensible" al lógico lector!35
Cejador decidió puntuar de esta manera: atrevimiento. E el intento .... Otros editores han cerrado la oración detrás de ha seydo, dándonos el resto como exclamación. Yo me he inclinado a una solución media, con la que pretendo no tanto solucionar por fin el problema, como poner de relieve cuán maleable y escurridizo es el lenguaje de este sueño; tan elusivo, tan insustancial, tan intangible "como el pálido centelleo de las estrellas durante un eclipse total del sol," según el texto de Jung citado en la nota anterior.36 Venía a decir Melibea:
¿Salir de dónde? Calisto ni ha salido ni ha entrado. La fuerza está otra vez en la raíz etimológica. Ingenio procede del latín gignere, engendrar, con sus acepciones psicológicas de gracia y talento, cacumen y astucia, y con las acepciones mecánicas --fálicas-- de "arma arrojadiza," "instrumentos para echar fuego," documentado en textos del s XV (M. Alonso, II, 1260). Salió sin duda el ingenio de sí. ¿Para qúe?; eso está claro: para se perder en en la virtud. No carecía virtud de acepciones fálicas en la época de Rojas, atestigua Patrón en La lozana andaluza (Mamo. 37, 138), y nos consta por la poesía erótica (Alzieu, 20, 6) y por los usos en algunas zonas del Nuevo Mundo (Cela, II, 879). Aunque referido primariamente al órgano masculino, sabemos que en el lenguaje del subconsciente lo masculino y lo femenino se intercambian. Simutáneamente con la alternancia de omnipotencia impotencia fluye, a lo largo del somniloquio, la de masculino femenino, Calisto y Melibea: Dios ... natura; poder ... volutad humana; gloriosos sanctos ... visión diuina; galardón ... bienauenturadas orejas; paga fiera ... loco attreuimiento; ingenio ... virtud; mi paciencia ... su deleyte; aduersa fortuna ... odio cruel. En el antiguo castellano salir --del latino salire-- se empleaba a veces en su valor etimológico de 'saltar hacia afuera'; mayormente se empleaba como sinónimo de exir, del latino exire, 'ir fuera', verbo que no tardó en caer en desuso. De salire, en su acepción original, permanece su participio saltus, nuestro 'salto'. Pues bien, en textos latinos se empleaba salire para significar el acto de cubrir el macho a la hembra, entre animales, significado que se mantuvo en el francés saillir y en nuestro castellano 'salto': el asalto de la cópula carnal.37 En la nuestra poesía erótica se registra también salir con el significado de coitum incipere, según Alzieu (348), y en el lenguaje popular salida se dice de la hembra en celo. A Melibea le parecía cada vez más claro que lo que Calisto pretendía era el asalto del ylícito amor:
El soñador es siempre el centro del sueño. La voz de Melibea no es otra que el ronroneo de la subconsciencia de Calisto. Como tal, el lenguaje es muy oscuro. De ahí que mientras el lenguaje de Calisto, dentro de la ambigüedad general, es, salvo en un caso, bastante gramatical, el de Melibea nos ofrece problemas sintácticos y semánticos insolubles. Así lo reconocía Cejador y Frauca quien, buen conocedor del idioma castellano, se daba por vencido con respecto a esta últimas palabras de Melibea:
Como San Pablo, cuando fue arrebatado al tercer cielo, oyó Calisto "palabras inefables que el hombre no puede decir." Esta dificultad de las frases de Melibea es otra característica interesante del sueño, en el que mientras las imágenes visuales y el fluir del pensamiento del soñante le son a éste más fácilmente discernibles, las palabras que oye apenas son más que un balbuceo.38 Por otro lado, aunque la construcción sintáctica de Melibea es más enrevesada, su terminología expresa mayor acumen, mayor actividad mental, como de quien trata de interpretar una intención: lo que para Calisto había sido ver, conueniente, inmérito, galardón, alcançar, manifestar, visión diuina, bienauenturadas orejas, silla sobre sus santos, se traduce en el vocabulario de Melibea como ingenio, loco atreuimiento, salir, se perder en la virtud, irse, subir, ylícito amor, comunicar deleyte. Consecuentemente, descubierta la intención de Calisto, aquella grandeza de Dios deviene en aduersa fortuna; el seruicio, sacrificio, deuoción e obras pías se tornaron ylicito amor y dio cruel, entre las perpetuas cadenas de eslabones que alternan entre el odi et amo. El censor del sueño. A la soñada Melibea le preocupaba, más que perder su propia virtud, el que Calisto se perdiera en ella. Ahora bien, una vez que es el soñador, no el personaje con quien se sueña, el centro de las preocupaciones latentes o manifiestas del sueño, la preocupación de Melibea no es otra que la preocupación del propio Calisto, puesta en labios de la amada. Si la aparición de Melibea fue una fabricación de los deseos de Calisto, también lo fue el rechazo.39 Calisto o se había perdido o estaba a punto de perderse, y es entonces, en esa encrucijada, cuando se deja oír la voz del superyó, del escrúpulo de conciencia, del censor onírico que en el sueño ayuda a reprimir los deseos inadmisibles.40 Calisto, que se había dejado arrastrar por unos deseos carnales poco de acuerdo con los principios de la moral, oye una dura reprensión:
¿Qué había dicho Calisto para recibir tan duro dicterio? Torpe aglutina en sí el concepto de depravación intelectual, moral y física, un Calisto feo y innoble, lascivo y blasfemo. ¿Irse de dónde? Sin duda que de ese conueniente lugar que había logrado alcanzar con el intento de comunicarle a Melibea el deleite del ilícito amor. Calisto, en su subconsciencia, en su sueño, quiere oír, necesita oír que Melibea era alta y virtuosa.41 Pudiera decirse que la voz del superyó responde simultáneamente a un deseo latente de guardar la virtud de Melibea, al parecer contrario al manifiesto de comunicar el deleite del ilícito amor. La diosa del comienzo de su sueño permanecería diosa hasta el final; Calisto es al final el coraçón humano lleno de ilícito amor que ella no puede tolerar. A Melibea la quería Calisto virgen y buena consejera de la recta moral, honesta doncella. A lo largo del drama sería esta altísima reputación y dureza de Melibea la que originaría y sostendría el conflicto en la mente y el ánimo del joven amante.42 Aparece una vez más la alternancia de omnipotencia e impotencia, esperanza y frustración. Las palabras que escucha a continuación de Melibea --la censura-- reflejan la inhibición sexual de Calisto y su complejo de culpabilidad, al tiempo que implican la exoneración de la amada. Por fin sus bienaventuradas orejas se tornan desventuradas. El galardón ha recibido su paga fiera. El sacrificio, devoción y obras pías parecen no haber sido más que un loco atrevimiento. Melibea, que ha empleado con anterioridad el futuro, te daré yo, la paga será tan fiera, hace al llegar aquí uso del pasado, ha seydo, haya subido, procedente del latín sub-ire,como señala Cejador, deslizarse ocultamente. Para Cela (II, 825) es montar, copular. Para Alzieu, equivalente a salire, (349). La voz del censor --vete, vete-- equivalía a la detumescencia. ¿Quedó frustrado el sueño erótico de Calisto? Tan frustrado como lo es el estado del que tras haber soñado dulce sueño se encuentra con la cama vacía.43 La expulsión del paraíso. Comienza el sueño con un movimiento de venida y alcance: conueniente, bienauenturadas; seguidos del de ascensión, salto y subida: salió Calisto, y subió; para culminar en el de ida y alejamineto: se fue --yré. Estos verbos están enraizados, entre sí en el latín ire, como lo está coitus --co-ire--, que es irse en compañía de otro.44 Comenzó Calisto con el sentimiento de galardón y merced, para terminar con el de turpitud y asco. El de Calisto había sido un caso claro de tumescencia y detumescencia. Hubo de despertar el que había sido amonestado por la voz del censor onírico, y de ello culpó a la adversa fortuna. En el santuario de la alcoba de Calisto se había librado un combate amoroso entre él y la dama de sus sueños. Como en el caso de otros ilustres soñadores, Calisto logró alcançar, tocar a su amada. Como tantos otros combates, terminó éste en el rechazo y el despertar desconsolador. Tras el despertar, la sensación del chasco, de la decepción ante un lecho vacío y descompuesto. Calisto, tras el sueño, se hundiría en un estado de lamentación y melancolía, pero no de ira ni maldición hacia la compañera que le había burlado. La quería demasiado para culparla. Se culpa a sí mismo, culpa su torpeza, llevado por sus instintos de autodenigración o masoquismo. El que en el subconsciente del sueño veló por la virtud de su amada, al borde de la vigilia lamenta su ausencia y, rehecho su yo, culpó no a ella, sino a la adversa, obstinada, odiosa y cruel fortuna.
Culpando a la adversa fortuna, Calisto, a la vez que exculpa a su compañera, deja abierta la posibilidad de ser aceptado la próxima vez, en la realidad y en el sueño --una misma cosa--, con el favor de una fortuna que, al ser tan mudable, pueda volvérsele propicia. En espera de ese cambio de fortuna, el Calisto de la vigilia seguiría insistiendo, y aun con mayor intensidad, en la divinización, sí, pero mucho más en la sensualidad de su amada. Al llegar aquí es cuando Calisto cambia de pronto de interlocutor, y habla en tono muy airado, en un tono de odio cruel:
Los críticos literarios, que se inventaron una primera escena en la huerta de Melibea, han notado, claro está, un cambio de escena demasiado brusco, inexplicable, cuando a continuación Calisto, sin más ni más, increpa a Sempronio, aparentemente a grandes voces. Para los que comprendemos que Calisto está en su casa, en la alcoba, y acaba de despertarse de un amoroso y turbulento sueño, el texto que a continuación sigue resulta ser una transición muy natural del sueño a la vigilia. Calisto se despertó, como otros muchos soñadores celebrados en textos medievales, dando voces (Golberg, 30). Gracias al arte esmerado de condensación del Antiguo Auctor la transición se facilita desde el punto de vista psicológico y simbólico. Existe una íntima relación entre lo que estaba experimentando Calisto y lo que está haciendo el criado. Tras decir que había estado cuidando de los caballos, en plural, --símbolos interculturales de la sexualidad-- mencionó al abatido gerifalte, en singular:45b
Dedicaré mucho espacio a hablar en otro ensayo sobre el simbolismo del gerifalte, halcón o neblí. Baste indicar ahora cómo a Calisto le acabábamos de ver como gerifalte abatido, caído y humillado, ante la despedida de Melibea. La alternancia entre tumescencia y detumescencia del sueño se refleja en el abatimiento y enderezamineto del gerifalte. Se abatió el gerifalte de la alcándara, se abatió el Calisto de la cama. Sempronio enderezó en el alcándara al ave y acto seguido le tocaría enderezar a su señor, por de pronto la cama, más tarde le prometería traerle hasta allí a Melibea (I, 58).46 La reacción de Calisto, tras el sueño, había sido consecuente con la de aquél que se despierta frustrado; su sueño fue un sueño de inhibición, cuyo fin, el de comunicar a su compañera de sueño el deleite del ilícito amor, no fue logrado;47 No fue logrado porque ella, en realidad, no participó. Es cierto que en el sueño Calisto no se muestra preocupado en lo más mínimo, hasta el momento de despertar; la razón es que en el sueño impera el principio del placer; al despertar, Calisto se torna impaciente porque en la vigilia ha de respetar el principio de la realidad, respetar las normas de la moral y la costumbre (Devereux, Dreams 49). Calisto se da cuenta que el sueño fue ilusión, alucinación. La realidad es la adversa fortuna, encarnada en el maldito Sempronio, que andaba cerca de la alcoba haciendo ruido, cuidando de los caballos y de las aves de caza.48 La transición, pues, manteniene una secuencia verosímil en su contenido dramátido: de la bendición de la diosa se pasa a la maldición de la fortuna; la compañera del sueño se ausenta ante el ruido del criado; y todo dentro de un espacio físico muy circunscrito: la alcoba y sus alrededores inmediatos. El amor de Calisto a Melibea era un amor --como luego se revelaría sin ambages-- brutalmente sexual, cuyo seso era el sexo. En el trabajo onírico el deseo del ello trata de enmascarse, de disfrazarse con simbolismos para eludir al
Cuando Melibea descubrió el intento de las palabras, se frustró el simbolismo y, acto seguido, apareció el censor. Bajo un lenguaje poderosamente hiperbólico se expresaba una libídine que buscaba fervorosamente su fin natural y adecuado en la excitante unión con el otro sexo. Y su sueño, en su contenido, era un sueño muy normal: sueño en el que recibían expresión conceptual e imaginativa los deseos eróticos del soñador; ese tipo de sueño que es compartido por la mayoría de los adultos de la época de Calisto, los de épocas anteriores, inmemoriales, y los de la nuestra.49 Calisto en sí, todo él, existe porque hubo un hombre que le soñó, como se dijo más arriba. Tanta consistencia tenía el sueño de aquel soñador original, el Antiguo Auctor, que se hizo a su vez sueño de Rojas, y de otros muchos después de él que hemos leído y hemos soñado su obra. Fernando de Rojas, movido por un peculiar interés por actuar como continuador racional y reflexivo, sustituyó a las Musas, las clásicas embargadoras del poeta, por aquellos papeles del anónimo autor que casualmente llegaron a sus manos y que, a la manera de aquéllas, le enajenaron, le sacaron de sí mismo, tentándole de manera irresistible a escribir: echando --dice Rojas en la CARTA-- mis sentidos por ventores e mi juyzio a bolar.
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